Suele aplicarse el nombre de mitología a la colección de fabulas y leyendas en que se refieren las aventuras de los dioses y de los héroes, objetos de culto en la antigüedad. La mitología es en cierto sentido la biblia del paganismo. Esos relatos, frecuentemente extravagantes, pero casi siempre brillantes de imaginación y de gracia, han alimentado durante tres mil años la literatura de los pueblos más inteligentes, así antiguos como modernos. A pesar de eso, el reinado de la mitología ha pasado, y desaparecido de las letras contemporáneas después de inspirar a nuestros genios más eximios. La generación que acaba de extinguirse ha asistido y en gran parte contribuido a la ruina de las tradiciones míticas de Grecia y de Roma que tanto encantaban a nuestros abuelos. Esa generación ha llegado a olvidar hasta el vocabulario mítico: la musa y la lira se invocaron por última vez en los versos de Lamartine y de Vigny. El estudio de los mitos antiguos casi ha quedado reducido hoy al dominio de la arqueología, a donde los eruditos acuden a interrogarlos para adivinar el sentido oculto que los mismos escritores de la antigüedad no parecen haber comprendido en su mayoría.
Desde este punto de vista, y a contar desde principios dice siglo, los estudios mitológicos han adquirido importancia, merced a las nuevas fuentes abiertas con el conocimiento de los poemas indios, célticos, eslavos, fineses, escandinavos, y con la interpretación más profunda del mitismo egipcio y asirio debido a la lectura de los jeroglíficos y de los escritos cuneiformes. Sin embargo, a pesar de estos nuevos y abundantes medios de información, no parece haberse adelantado mucho en el secreto del enigma. A la conjetura corresponde todavía a la mejor parte, quizás, por la sencilla razón de no haberse encontrado todavía el punto de partida.
Según nuestro juicio, la noticia más importante que se deriva de la comparación de las varias mitologías, es la identidad del principio en que se sustentan. En efecto, ofrecen semejanzas tan palmarias en cuanto al fondo, a la composición y aun a los términos empleados en idéntico sentido, que necesariamente se llega a la conclusión de que ha debido de existir originariamente un tema único que sirviese de base a esos documentos en que el genio de cada pueblo imprimió después un carácter distinto. ¿Por qué inspiración ha nacido ese tema originario? ¿Ha sido un juego de naturalismo panteísta de la India que conquisto pueblo tras pueblo, hasta los confines de Occidente? ¿Ha llevado a Asia por sus colonias, y hay que buscar bajo ese velo los vestigios de la primera existencia de los pueblos antiguos?
Un estudio comparado de las leyendas que se refieren a la infancia de las sociedades, nos ha comunicado esta doble convicción: “que las cosmogonías, las teogonías, las fabulas mitológicas de las diferentes naciones proceden de un fondo común”; “que el Génesis, el Avesta, las teogonías de Sanchoniaton y de Hesiodo indican los periodos sucesivos de una misma teoría; la de la infancia de estos pueblos, y que estos poemas han tenido una misma región por teatro.
He aquí en pocas palabras la impresión que hemos recibido en el examen de los documentos mitológicos: al principio genealogías y algunos hechos reales impresos de la brevedad epigráfica. Entre los politeístas una edad de oro; Urano, Saturno, Neptuno, Osiris, Oannes aparecen como jefes civilizadores que sacan de los bosques a los hombres salvajes para enseñarles la vida civilizada. Entonces no había religión oficial. El único culto que se advierte entre los egipcios es el de los antepasados, reyes o grandes sacerdotes, a quienes se ahorran directamente bajo la forma de la apoteosis, o con la de los símbolos que les caracterizan. Este culto se extiende en Asia a todos los pueblos que están en comunicación con Egipto y que reciben de el sus primeras nociones sociales. Luego, un súbito acontecimiento, un cataclismo formidable que estalla en medio de estos pueblos, rompe violentamente los hilos de la tradición, expulsa de su país originario a las dispersas tribus que se reúnen en Caldea y Armenia. Durante los dos o tres siglos que siguen a esta catástrofe la nube mística se condensa y obscurece la tradición. Con el terror inspirado por una catástrofe cuyas causas físicas les son desconocidas, se produce y difunde la creencia en las influencias sobrenaturales y en un poder superior que dirige las fuerzas del universo: además del culto de los antepasados y del soberano, nace el sentimiento de la divinidad. Los sabios de las naciones, congregados en los colegios sacerdotales, elaboran esos graves problemas de la formación del mundo y de la creación del hombre; ayudándose con los raros documentos salvados del diluvio, erigen las cosmogonías y crean las dinastías divinas. En uno de ellos, abraban, dotado de superior intuición, se despierta la conciencia de un ser supremo, autor y rector de todas las cosas; como los magos, permanecen fieles al culto del fuego, en los que adoran al creador y al destructor, Los politeístas, escitas y cuchitas, forman un Olimpo con los soberanos de su raza. Los helenos y los frigios tienen a Júpiter-Zeus y a los doce dioses; los asirios y fenicios adoran a Ashur, Júpiter Belo y a las doce divinidades de la tabla de Nemrod. A contar de este momento, el mito se sustituye a la crónica primitiva y reina como señor en la tradición redactada por los sacerdotes y propaganda por los poetas.
Pero, no obstante esta diversidad de cultos, es fácil reconocer que se hacen mutuas y grandes concesiones. Lo predominante es uno, suele ser secundario en otro y se discierne con trabajo los vestigios de una época en que los objetos estos cultos recibían común adoración. El fuego sagrado era universalmente reverenciado entre los egipcios, los griegos y los hebreos, como entre los persas. La creencia monoteísta ha marcado con su sello al orfismo y el magismo. La idea de eternidad e inmortalidad lo mismo se aplica a los dioses egipcios que al Jehovah de los judíos, y un infierno, lugar de castigo, así como una mansión de los bienaventurados, forman al fondo de todas las religiones. En el curso de este libro indicaremos otras analogías no menos claras. Resulta pues, de estas analogías que los antepasados de esas naciones separadas hoy por considerables distancias y por profundas diferencias de lenguajes y de costumbres, necesariamente han tenido que vivir en sus orígenes en localidades vecinas, hacer un genero de existencia análoga, recibir la misma educación social, participar en las mismas vicisitudes y calamidades; en efecto esto es lo que la interpretación nacional de las mitologías demuestra de una manera irrecusable.